Tras dejar atrás Ceuta, nos dirigimos hacia Tánger, desde donde tomaremos el único tramo de autopista de nuestra ruta que nos llevará hasta Mequinez. La carreterilla que nos lleva hasta Tánger sube y posteriormente desciende por una escarpada montaña mediante numerosas curvas. En una de ellas, decidimos parar en un restaurante a pie de carretera. Gracias a un hombre que habla español, y bastante bien, conseguimos entendernos con los camareros. Nos cuenta que trabajó durante varios años en Madrid hasta que estalló la crisis económica y regresó a su país. Ahora trabaja como camionero.
Tras llenar nuestros vacíos estómagos con dos ricos tajines, más postre y té, nos cobran menos de 6 euros a los dos. ¡6 euros!
Retomamos nuestra ruta y en Tánger, qué comodidad, cogemos la autopista. He de aclarar que en Marruecos las carreteras convencionales no son como en España, especialmente según vas bajando hacia el sur y adentrándote en las profundidades del país. Los carteles a los que estamos acostumbrados, que señalizan la dirección de la carretera por la que vas, en Marruecos son sustituidos por pequeños bloques de piedra a los lados de la calzada, cada 30 kilómetros aproximadamente, en los que se señaliza la ciudad más próxima y cuántos kilómetros quedan. El problema es que muchos de ellos están medio borrados, por lo que muchas veces avanzas sin tener muy claro si vas bien o no. Además, hay muchos tramos sin arcenes, ni vallas, y con las líneas de las carreteras muy desvaídas. Por otro lado, los marroquíes corren, bastante, y se impacientan mucho si tú vas lento, algo muy probable si eres extranjero, y necesario, pues hay que tener mucho cuidado, especialmente de noche, con las bicis que van por los laterales, sin luz y sin ropa reflectante. Nos han dado ya más de un susto. Pero bueno, pese a todo esto, merece la pena dejar atrás las autopistas, perderse por alguna carretera e ir con tranquilidad. Así es como se descubre realmente un país y así es como hemos encontrado un montón de pueblos y personas que nos han abierto las puertas de sus humildes casas encantados.
Por cierto, una de las cosas que hemos aprendido en este viaje es que si los coches que van delante tuya ponen las luces de emergencia no es que vayan a parar ahí en medio, es que les molestan tus luces. Es una sutil forma de decirte que molestas. Tampoco os asustéis si os pitan mucho, porque allí es una constante, y no tiene por qué ser nada malo, puede que te estén pitando para saludarte. En las grandes ciudades marroquíes como Fez, seguramente no pasen más de 3 segundos entre pitido y pitido.
![]() |
| Carretera N-13 (Marruecos). Nuria Quintana, 2017 |
![]() |
| Carretera N-13 (Marruecos). Nuria Quintana, 2016 |
Por cierto, una de las cosas que hemos aprendido en este viaje es que si los coches que van delante tuya ponen las luces de emergencia no es que vayan a parar ahí en medio, es que les molestan tus luces. Es una sutil forma de decirte que molestas. Tampoco os asustéis si os pitan mucho, porque allí es una constante, y no tiene por qué ser nada malo, puede que te estén pitando para saludarte. En las grandes ciudades marroquíes como Fez, seguramente no pasen más de 3 segundos entre pitido y pitido.
Lo dicho, tomamos la autopista que discurre por la costa y, antes de llegar a Rabat, cogemos el desvío hacia Mequinez. Durante este tramo la vegetación a ambos lados es verde y exótica. La primera vez que vine, totalmente engañada por las pocas fotos que había visto de Marruecos, me sorprendió mucho este hecho. Me esperaba un país desértico. Pero no, aquí en el norte, pueden verse grandes extensiones verdes, campos salpicados de flores de diversos colores, cultivos, chumberas, palmeras, olivos y pequeños bosques. De vez en cuando avistas algún hombrecillo acompañado de su burro, andando no se sabe muy bien hacia dónde, así como pequeñas agrupaciones de casas todas blancas y cuadradas.
Al llegar a Mequinez, ya anocheciendo, tomamos la carretera N-13, que nos ha de llevar ya hasta nuestro destino final al día siguiente: Erfoud. Avanzamos unos 20 kilómetros y atravesamos Boufakrane. Esto ya sí que es el Marruecos que conocemos tan bien, que tanto nos gusta, el Marruecos puro: en la avenida principal cientos de personas/coches/bicis van y vienen; a ambos lados, hay un montón de restaurantes con parrillas, tajines y cous-cous humeantes en la entrada; las mujeres, cargadas con bolsas, van con sus niños pequeños ya en dirección a sus casas; las terrazas están abarrotadas (de hombres). Esto último me llama particularmente la atención. Da igual la hora que sea, siempre va a haber hombres de todas las edades tranquilamente sentados en las terrazas. En qué trabajan o qué es lo que hacen o deberían estar haciendo es algo que siempre me pregunto.
A nuestro pesar, dejamos atrás el bullicio de Boufakrane y continuamos nuestro camino. Ya es prácticamente noche cerrada, pero nos queda poco más de una hora para llegar a nuestro destino. Todo va bien, estamos ya a unos 20 kilómetros de Azrou, pero, de repente, en una curva, oímos un golpe seco y el coche empieza a pitar como loco: Hemos pinchado. Consejo muy importante para viajar por Marruecos: intentar evitar a toda costa viajar de noche. Nos hemos metido en un boquete enorme que había en medio de la carretera. De día se esquivan con relativa facilidad, pero de noche es muy complicado verlos. No ha pasado nada grave, y afortunadamente hemos podido echarnos a un lado antes de que el coche se parase definitivamente, pero aquí no puedes llamar a tu compañía aseguradora, y ya es muy de noche, así que tenemos que cambiar nosotros la rueda sí o sí. Esto implica vaciar el maletero que llevamos hasta arriba de juguetes y ropa para los niños. Y rezar por que los camiones que pasan a toda velocidad a nuestro lado nos vean a tiempo de esquivarnos. Pero nos lo intentamos tomar con calma y con humor, y finalmente en menos de una hora ya estamos de nuevo de camino.
Finalmente llegamos a Azrou a eso de las 00:00. El hombrecillo que regenta el hostal en el que nos vamos a alojar, dando por perdido que fuésemos a llegar, se ha ido a dormir. Pese a que le despertamos con muchos timbrazos, y con la ayuda de un señor que le pega unos cuantos gritos, el pobre nos recibe con cordialidad. La habitación, que está en el último piso, y a la cual se accede por una escalerilla de madera estrecha y muy empinada, no es muy acogedora. Hay mucha humedad y está helada. Pero el cansancio vence. Llevamos 14 horas de viaje y necesitamos dormir y descansar para mañana completar el último tramo de nuestro viaje hasta Erfoud, unos 330 kilómetros.
![]() |
| Avenida principal de Boufakrane (Marruecos). Nuria Quintana, 2016 |
![]() |
| Avenida principal de Boufakrane (Marruecos). Nuria Quintana, 2016 |
A nuestro pesar, dejamos atrás el bullicio de Boufakrane y continuamos nuestro camino. Ya es prácticamente noche cerrada, pero nos queda poco más de una hora para llegar a nuestro destino. Todo va bien, estamos ya a unos 20 kilómetros de Azrou, pero, de repente, en una curva, oímos un golpe seco y el coche empieza a pitar como loco: Hemos pinchado. Consejo muy importante para viajar por Marruecos: intentar evitar a toda costa viajar de noche. Nos hemos metido en un boquete enorme que había en medio de la carretera. De día se esquivan con relativa facilidad, pero de noche es muy complicado verlos. No ha pasado nada grave, y afortunadamente hemos podido echarnos a un lado antes de que el coche se parase definitivamente, pero aquí no puedes llamar a tu compañía aseguradora, y ya es muy de noche, así que tenemos que cambiar nosotros la rueda sí o sí. Esto implica vaciar el maletero que llevamos hasta arriba de juguetes y ropa para los niños. Y rezar por que los camiones que pasan a toda velocidad a nuestro lado nos vean a tiempo de esquivarnos. Pero nos lo intentamos tomar con calma y con humor, y finalmente en menos de una hora ya estamos de nuevo de camino.
Finalmente llegamos a Azrou a eso de las 00:00. El hombrecillo que regenta el hostal en el que nos vamos a alojar, dando por perdido que fuésemos a llegar, se ha ido a dormir. Pese a que le despertamos con muchos timbrazos, y con la ayuda de un señor que le pega unos cuantos gritos, el pobre nos recibe con cordialidad. La habitación, que está en el último piso, y a la cual se accede por una escalerilla de madera estrecha y muy empinada, no es muy acogedora. Hay mucha humedad y está helada. Pero el cansancio vence. Llevamos 14 horas de viaje y necesitamos dormir y descansar para mañana completar el último tramo de nuestro viaje hasta Erfoud, unos 330 kilómetros.




No hay comentarios:
Publicar un comentario