Una de las cosas que más me gusta de Marruecos, y estoy segura de que es algo que ocurre también en casi todos los lugares de África, es que la vida transcurre en la calle.
Los niños juegan, cantan, ríen, se ensucian, gritan, son felices. Mientras camino veo a un hombre sentado en una silla de plástico vestido con su chilaba viendo la vida pasar. Al atravesar la zona más turística de la ciudad, los propietarios de las tiendas de artesanía y souvenirs se interrumpen entre sí y me invitan incesantemente a entrar y, a la vez, me intentan vender todo lo que pueden en cuestión de segundos. Y más allá, al fondo, se adivina el mercado, el Zoco, el centro de la ciudad, con multitud de puestos de frutas, verduras, carnes, cosméticos, donde las mujeres hablan entre sí mientras compran. A mi derecha, en un pequeño puestecillo con ruedas, un joven me ofrece un zumo de caña de bambú. Dos hombres están sentados en el escalón de un portal mientras hablan acaloradamente. La vida bulle, disfruto del constante movimiento. Así es Marruecos, y más concretamente, Erfoud. Pero a la vez, como seguramente te recuerden más de una vez, aquí "la prisa mata". Dentro de su particular caos, ellos se lo toman todo con tranquilidad.
Sonrío a un par de chiquillos que intentan llamar continuamente mi atención y finalmente opto por un zumo de naranja recién exprimido. Es entonces cuando noto que me están llamando. Me giro, y la veo, con su sonrisa de oreja a oreja, y viene corriendo a darme un abrazo...¡Nora!
Nora es una mujer entrañable que conocí el año pasado cuando fuimos a su poblado a unos pocos kilómetros de Erfoud a llevar juguetes para los niños. Hace unos días regresamos a su casa para volver a verla, pero no estaba, y no tenía forma de contactar con ella... menos mal que esto es al fin y al cabo un pueblo. Me cuenta que su hijo pequeño me ha visto mientras andaba por el Zoco y ha ido corriendo a casa con su bici destartalada a avisarla. Sonrío y pienso en cuánto daño nos ha hecho Whatsapp.
Vamos a casa de Nora, me invita a tomar té. Abre el portalón de entrada y nos reciben dos pequeñas descalzas y llenas de polvo que están jugando a la pelota en el pequeño patio de su casa. Es la hija de Nora y su sobrina. Me miran con curiosidad, se acuerdan de mí, supongo que se preguntan si les he traído algo esta vez. En seguida aparece también el pequeño que ha ido a avisar a Nora, con su bici, y me mira sonriendo.
Pasamos a la estancia principal, que hace las veces de comedor y de dormitorio. Al lado está la cocina y otro pequeño dormitorio/almacén. Y ya está, es todo cuanto necesitan. No hay sillas, sofás, camas, armarios o estanterías. Tan solo una pequeña televisión en uno de los laterales (lo cual ya es todo un lujo) y en el otro extremo una mesa circular muy bajita, para poder comer sentado en el suelo. Alrededor hay varios cojines, sobre las alfombras que por la noche se convertirán en sus colchones. Desde donde estoy diviso una pequeña nevera en la cocina. Tampoco hay fuego. Para cocinar salen al patio y hacen fuego sobre la leña.
Me fijo en las paredes, están hechas con pequeños bloques de hormigón. Esto también es una suerte. La mayoría de las casas están construidas con adobe (mezcla de barro y paja). De hecho, sin ir más lejos, el hotel en el que nos alojamos está construido entero con esta mezcla.
Nora regresa de la cocina desprendiendo un riquísimo olor a té con menta. Trae también cacahuetes y pan de pita caliente. Se sienta a mi lado, oxigena el té y lo reparte. No sé qué le hace, pero sabe aún mejor que en cualquier restaurante o cafetería. Lo mismo ocurrió el año pasado con su tajin de verduras. Es increíble el sabor que consiguen sabiendo utilizar las especias. Por más que le pedí la receta, todavía no he conseguido que se parezca si quiera al suyo.
Mientras bebemos el té oímos a los niños reír en el patio. De vez en cuando vienen y me enseñan orgullosos sus escasas pertenencias: un coche, una muñeca, un cuaderno, pinturas, su pelota.
Me alegro al ver que muchas de las cosas se las dimos nosotros el año pasado. Me alegro al verlos felices. Felices en medio de un pequeño poblado polvoriento y en una casa prácticamente vacía, pero que únicamente pisan para dormir, así que para qué necesitan más. Son libres, se pasan el día corriendo y jugando con los demás niños, dando rienda suelta a su imaginación. Felices porque aquí la vida transcurre compartida y en la calle.
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| Avenida principal de Erfoud (Marruecos). Nuria Quintana, 2017. |
Sonrío a un par de chiquillos que intentan llamar continuamente mi atención y finalmente opto por un zumo de naranja recién exprimido. Es entonces cuando noto que me están llamando. Me giro, y la veo, con su sonrisa de oreja a oreja, y viene corriendo a darme un abrazo...¡Nora!
Nora es una mujer entrañable que conocí el año pasado cuando fuimos a su poblado a unos pocos kilómetros de Erfoud a llevar juguetes para los niños. Hace unos días regresamos a su casa para volver a verla, pero no estaba, y no tenía forma de contactar con ella... menos mal que esto es al fin y al cabo un pueblo. Me cuenta que su hijo pequeño me ha visto mientras andaba por el Zoco y ha ido corriendo a casa con su bici destartalada a avisarla. Sonrío y pienso en cuánto daño nos ha hecho Whatsapp.
Vamos a casa de Nora, me invita a tomar té. Abre el portalón de entrada y nos reciben dos pequeñas descalzas y llenas de polvo que están jugando a la pelota en el pequeño patio de su casa. Es la hija de Nora y su sobrina. Me miran con curiosidad, se acuerdan de mí, supongo que se preguntan si les he traído algo esta vez. En seguida aparece también el pequeño que ha ido a avisar a Nora, con su bici, y me mira sonriendo.
Pasamos a la estancia principal, que hace las veces de comedor y de dormitorio. Al lado está la cocina y otro pequeño dormitorio/almacén. Y ya está, es todo cuanto necesitan. No hay sillas, sofás, camas, armarios o estanterías. Tan solo una pequeña televisión en uno de los laterales (lo cual ya es todo un lujo) y en el otro extremo una mesa circular muy bajita, para poder comer sentado en el suelo. Alrededor hay varios cojines, sobre las alfombras que por la noche se convertirán en sus colchones. Desde donde estoy diviso una pequeña nevera en la cocina. Tampoco hay fuego. Para cocinar salen al patio y hacen fuego sobre la leña.
Me fijo en las paredes, están hechas con pequeños bloques de hormigón. Esto también es una suerte. La mayoría de las casas están construidas con adobe (mezcla de barro y paja). De hecho, sin ir más lejos, el hotel en el que nos alojamos está construido entero con esta mezcla.
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| Poblado de Nora (Marruecos). Construcciones típicas con adobe. Nuria Quintana, 2017. |
Nora regresa de la cocina desprendiendo un riquísimo olor a té con menta. Trae también cacahuetes y pan de pita caliente. Se sienta a mi lado, oxigena el té y lo reparte. No sé qué le hace, pero sabe aún mejor que en cualquier restaurante o cafetería. Lo mismo ocurrió el año pasado con su tajin de verduras. Es increíble el sabor que consiguen sabiendo utilizar las especias. Por más que le pedí la receta, todavía no he conseguido que se parezca si quiera al suyo.
Mientras bebemos el té oímos a los niños reír en el patio. De vez en cuando vienen y me enseñan orgullosos sus escasas pertenencias: un coche, una muñeca, un cuaderno, pinturas, su pelota.
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| Sobrina e hija de Nora, Erfoud (Marruecos). Nuria Quintana, 2017. |
Me alegro al ver que muchas de las cosas se las dimos nosotros el año pasado. Me alegro al verlos felices. Felices en medio de un pequeño poblado polvoriento y en una casa prácticamente vacía, pero que únicamente pisan para dormir, así que para qué necesitan más. Son libres, se pasan el día corriendo y jugando con los demás niños, dando rienda suelta a su imaginación. Felices porque aquí la vida transcurre compartida y en la calle.
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| Poblado de Nora (Marruecos). Nuria Quintana, 2017. |



