viernes, 29 de junio de 2018

Azrou-Erfoud

Alrededor de las 5 de la mañana la voz del almuédano, a través de diversos altavoces, inunda nuestra habitación. Aunque se adivina ya cierto resplandor, todavía no ha amanecido. Me pregunto cuántos fieles reúnen la voluntad necesaria para acudir a rezar a estas horas intempestivas. Lo desconozco, la verdad. Finalmente opto por volverme a dormir. 

A las 9, a una hora mucho más decente, bajamos a desayunar. El día ha amanecido nublado y hay mucha humedad. Como ya comenté, la habitación estaba helada cuando llegamos, y pese a las 3 mantas, no logramos entrar en calor, así que bajamos un poco destemplados. Pero no hay nada que no cure un buen desayuno marroquí. En uno de los sofás con tapicería marroquí que hay en uno de los laterales del bonito patio del hostal, nos espera un caliente y copioso almuerzo. Zumo de naranja, tostadas, mermelada de melocotón, té verde con menta, una especie de tortitas hechas con trigo (riquísimas)... todo natural. En Marruecos, ya el primer año, me di cuenta de que no sabía cuál era realmente el verdadero sabor de la mermelada, por ejemplo. Aquí no hay productos procesados, aquí hay alimentos naturales y recién hechos.

A eso de las 10:30 ya estamos de nuevo de camino. Dejamos atrás Azrou y nos adentramos en el bosque 'Cèdre Gouraud'. Este bosque es muy especial por sus particulares habitantes: macacos y perros, compinches entre sí. Son la mar de listos: mucho cuidado si lleváis comida encima.

Bosque 'Cèdre Gouraud' (Marruecos). Nuria Quintana, 2016

Hace unos años, esta zona no estaban tan explotada, pero se han dado cuenta del reclamo de turistas que supone y ahora hay muchos puestecitos y vendedores deambulantes. Pero da igual, sin duda merece la pena parar. Da gusto ver a los animales en libertad. 

En Marruecos los perrillos no lo tienen fácil. A los marroquíes no les gustan (no existen los perros domésticos) y, por norma general, no los tratan bien. Esta es la razón por la que huyen de las ciudades y se alejan hacia las montañas, donde deambulan o se recuestan cerca de la carretera para que al pasar les eches algo de comer. Por eso, verlos aquí bien acompañados, ver que sus macacos amigos sí los aceptan, es muy reconfortante. Cuánto deberían aprender las personas de los animales, ¿verdad?

Avanzamos y lo siguiente que avistamos es la imponente cordillera del Atlas. Ahora ya sí, el paisaje ha cambiado totalmente. Es desértico y rojizo. A partir de ahora avistaremos esporádicas palmeras, escarpadas montañas y grandes extensiones desiertas. Primero atravesaremos el Alto Atlas y, a continuación, el Anti-Atlas, lo cual nos llevará algo más de 3 horas. Pero las numerosas paradas que hacemos amenizan el viaje, y es que en estas bastas montañas, habitan mujeres, hombres, niñas y niños nómadas, la mayoría, de origen bereber. Especialmente en la zona del Alto Atlas, conviven nómadas procedentes tanto del desierto como de la montaña, aproximadamente unas 35 tribus. Se trata de familias que, durante la mayor parte del año, van de un lado a otro en busca de las mejores tierras para sus animales. Sus casas son improvisadas jaimas que levantan con pieles de animales, telas y palos.


Mamá y su niña nómadas, Alto Atlas (Marruecos). Nuria Quintana, 2017

Dado que están constantemente viajando y los meses que permanecen asentados en alguna localización, estas suelen estar aisladas y alejadas de las urbes, los niños y niñas nómadas carecen de una educación regular. Por eso, el gobierno marroquí junto con ONGs se encargan de su enseñanza proporcionándoles un 'colegio móvil' (de nuevo, una jaima construida con los mismos materiales que sus casas) que viaja con ellos allá donde van y a donde los niños acuden cada día para aprender. El problema está en que, como las familias nómadas viven aisladas unas de las otras, los 'colegios móviles' se asientan en el punto más próximo y favorecedor para todas, pero eso no evita que muchos niños tengan que andar kilómetros por las escarpadas montañas para acudir a clase cada día.

Cuando avistamos a mamás nómadas con sus hijos, o directamente a los niños y niñas solos, cuidando de sus animales, nos gusta parar y pasar con ellos todo el tiempo que podemos. Al principio parece una locura traer el coche hasta arriba de juguetes, ropa y productos varios de higiene; pero cuando paras y te piden algo tan simple para nosotros como un peine o jabón, siempre lamentamos no haber podido traer más.


La mayoría de los niños, sobre todo los más pequeños, al principio son muy tímidos. Nos miran con sorpresa y se esconden detrás de sus madres, pero de vez en cuando se ve como asoman sus ojos para analizar todo lo que ven en nosotros diferente a cuanto conocen. Poco a poco (con ayuda de algún muñeco o juguete) vamos ganándonos su confianza y muchos de ellos terminan regalándonos besos y abrazos.


Nos comunicamos con ellos como podemos a través de señas, y sobre todo, disfrutamos viendo sus caras cuando sacamos del coche algo para darles: primero de duda, después de incredulidad cuando ven que efectivamente es para ellos. Entonces vienen felices a por ello y ya no lo sueltan aunque tengan que subir una escarpada pendiente para regresar a sus casas. Da igual que les des varias pelotas, puzles, combas y muñecos, ellos lo agarran como pueden todo muy fuerte y ya no lo sueltan.


Niña nómada, Alto Atlas (Marruecos). Nuria Quintana, 2016

Niña nómada, Alto Atlas (Marruecos). Nuria Quintana, 2016


Como podréis imaginar, nos cuesta un montón decirles adiós a los pequeños, subirnos al coche y continuar el viaje... seguramente ya no les volveremos a ver. Son nómadas, nunca están en el mismo lugar. Pero mientras se alejan y se pierden entre las montañas, comprendemos que, aunque apenas tienen nada material, son capaces de darnos y enseñarnos muchísimo en un momento, y de regalarnos sonrisas, gestos, recuerdos.

Este tramo hace que, sin duda, merezca la pena hacer el viaje en coche. Si viajásemos en avión sí, nos ahorraríamos 3000 kilómetros de carretera, pero no conoceríamos realmente Marruecos ni a su gente.


Comienza a anochecer cuando rodeamos el último valle, flanqueado por el río Ziz, antes de dejar atrás el Atlas. Como cada año, paramos a tomar té verde en 'Camping Jurassique', un pequeño hotelito (con precios muy económicos, por cierto) situado en el corazón del valle, donde hacen un té riquísimo. Nos queda aproximadamente hora y media de camino hasta Erfoud, sin duda un buen momento para repasar todo lo que hemos vivido hoy, todo lo que dejamos atrás, pero a la vez, se viene con nosotros.


Niña nómada, Alto Atlas (Marruecos). Nuria Quintana, 2017


miércoles, 6 de junio de 2018

Un día muy largo (Segunda parte): Ceuta - Azrou

Tras dejar atrás Ceuta, nos dirigimos hacia Tánger, desde donde tomaremos el único tramo de autopista de nuestra ruta que nos llevará hasta Mequinez. La carreterilla que nos lleva hasta Tánger sube y posteriormente desciende por una escarpada montaña mediante numerosas curvas. En una de ellas, decidimos parar en un restaurante a pie de carretera. Gracias a un hombre que habla español,  y bastante bien, conseguimos entendernos con los camareros. Nos cuenta que trabajó durante varios años en Madrid hasta que estalló la crisis económica y regresó a su país. Ahora trabaja como camionero.

Tras llenar nuestros vacíos estómagos con dos ricos tajines, más postre y té, nos cobran menos de 6 euros a los dos. ¡6 euros! 

Retomamos nuestra ruta y en Tánger, qué comodidad, cogemos la autopista. He de aclarar que en Marruecos las carreteras convencionales no son como en España, especialmente según vas bajando hacia el sur y adentrándote en las profundidades del país. Los carteles a los que estamos acostumbrados, que señalizan la dirección de la carretera por la que vas, en Marruecos son sustituidos por pequeños bloques de piedra a los lados de la calzada, cada 30 kilómetros aproximadamente, en los que se señaliza la ciudad más próxima y cuántos kilómetros quedan. El problema es que muchos de ellos están medio borrados, por lo que muchas veces avanzas sin tener muy claro si vas bien o no. Además, hay muchos tramos sin arcenes, ni vallas, y con las líneas de las carreteras muy desvaídas. Por otro lado, los marroquíes corren, bastante, y se impacientan mucho si tú vas lento, algo muy probable si eres extranjero, y necesario, pues hay que tener mucho cuidado, especialmente de noche, con las bicis que van por los laterales, sin luz y sin ropa reflectante. Nos han dado ya más de un susto. Pero bueno, pese a todo esto, merece la pena dejar atrás las autopistas, perderse por alguna carretera e ir con tranquilidad. Así es como se descubre realmente un país y así es como hemos encontrado un montón de pueblos y personas que nos han abierto las puertas de sus humildes casas encantados.

Carretera N-13 (Marruecos). Nuria Quintana, 2017

Carretera N-13 (Marruecos). Nuria Quintana, 2016

Por cierto, una de las cosas que hemos aprendido en este viaje es que si los coches que van delante tuya ponen las luces de emergencia no es que vayan a parar ahí en medio, es que les molestan tus luces. Es una sutil forma de decirte que molestas. Tampoco os asustéis si os pitan mucho, porque allí es una constante, y no tiene por qué ser nada malo, puede que te estén pitando para saludarte. En las grandes ciudades marroquíes como Fez, seguramente no pasen más de 3 segundos entre pitido y pitido. 

Lo dicho, tomamos la autopista que discurre por la costa y, antes de llegar a Rabat, cogemos el desvío hacia Mequinez. Durante este tramo la vegetación a ambos lados es verde y exótica. La primera vez que vine, totalmente engañada por las pocas fotos que había visto de Marruecos, me sorprendió mucho este hecho. Me esperaba un país desértico. Pero no, aquí en el norte, pueden verse grandes extensiones verdes, campos salpicados de flores de diversos colores, cultivos, chumberas, palmeras, olivos y pequeños bosques. De vez en cuando avistas algún hombrecillo acompañado de su burro, andando no se sabe muy bien hacia dónde, así como pequeñas agrupaciones de casas todas blancas y cuadradas.

Al llegar a Mequinez, ya anocheciendo, tomamos la carretera N-13, que nos ha de llevar ya hasta nuestro destino final al día siguiente: Erfoud. Avanzamos unos 20 kilómetros y atravesamos Boufakrane. Esto ya sí que es el Marruecos que conocemos tan bien, que tanto nos gusta, el Marruecos puro: en la avenida principal cientos de personas/coches/bicis van y vienen; a ambos lados, hay un montón de restaurantes con parrillas, tajines y cous-cous humeantes en la entrada; las mujeres, cargadas con bolsas, van con sus niños pequeños ya en dirección a sus casas; las terrazas están abarrotadas (de hombres). Esto último me llama particularmente la atención. Da igual la hora que sea, siempre va a haber hombres de todas las edades tranquilamente sentados en las terrazas. En qué trabajan o qué es lo que hacen o deberían estar haciendo es algo que siempre me pregunto.

Avenida principal de Boufakrane (Marruecos). Nuria Quintana, 2016

Avenida principal de Boufakrane (Marruecos). Nuria Quintana, 2016


A nuestro pesar, dejamos atrás el bullicio de Boufakrane y continuamos nuestro camino. Ya es prácticamente noche cerrada, pero nos queda poco más de una hora para llegar a nuestro destino. Todo va bien, estamos ya a unos 20 kilómetros de Azrou, pero, de repente, en una curva, oímos un golpe seco y el coche empieza a pitar como loco: Hemos pinchado. Consejo muy importante para viajar por Marruecos: intentar evitar a toda costa viajar de noche. Nos hemos metido en un boquete enorme que había en medio de la carretera. De día se esquivan con relativa facilidad, pero de noche es muy complicado verlos. No ha pasado nada grave, y afortunadamente hemos podido echarnos a un lado antes de que el coche se parase definitivamente, pero aquí no puedes llamar a tu compañía aseguradora, y ya es muy de noche, así que tenemos que cambiar nosotros la rueda sí o sí. Esto implica vaciar el maletero que llevamos hasta arriba de juguetes y ropa para los niños. Y rezar por que los camiones que pasan a toda velocidad a nuestro lado nos vean a tiempo de esquivarnos. Pero nos lo intentamos tomar con calma y con humor, y finalmente en menos de una hora ya estamos de nuevo de camino.

Finalmente llegamos a Azrou a eso de las 00:00. El hombrecillo que regenta el hostal en el que nos vamos a alojar, dando por perdido que fuésemos a llegar, se ha ido a dormir. Pese a que le despertamos con muchos timbrazos, y con la ayuda de un señor que le pega unos cuantos gritos, el pobre nos recibe con cordialidad. La habitación, que está en el último piso, y a la cual se accede por una escalerilla de madera estrecha y muy empinada, no es muy acogedora. Hay mucha humedad y está helada. Pero el cansancio vence. Llevamos 14 horas de viaje y necesitamos dormir y descansar para mañana completar el último tramo de nuestro viaje hasta Erfoud, unos 330 kilómetros.







martes, 5 de junio de 2018

Un día muy largo (Primera parte): Málaga-Ceuta

El sábado día 24 de marzo comenzó por tercer año consecutivo una nueva aventura hacia Marruecos. La ruta que nos esperaba por delante parecía relativamente sencilla: Desde Benalmádena (Málaga) hasta Azrou (al sureste de Mequinez), unos 580 kilómetros y, aproximadamente, 10 horas de viaje: 8 horas de camino más las 2 horas para atravesar El Estrecho en ferry desde Algeciras hasta Ceuta. 


A las 9:00 suena nuestro despertador y nos ponemos en marcha hacia Algeciras. El ferry, bastante puntual (el año pasado se retrasó 3 horas), deja atrás el puerto a eso de las 13:00. Por delante nos espera una travesía de aproximadamente hora y media, un buen momento para recuperar horas de sueño, siempre y cuando seas capaz de obviar el agitado oleaje que hay hoy y que mece el ferry en un vaivén poco agradable. A las 13:30 (horario ya marroquí, una hora menos) estamos ya en Ceuta. 

A través de la carretera que bordea la costa nos dirigimos hacia las aduanas: primero la española, luego la marroquí. Pero, a unos 4 kilómetros de nuestro objetivo, nos paramos en seco: atascazo. Una larga fila de coches parados hasta donde alcanza la vista. Como hemos podido comprobar otros años, suelen tomárselo con bastante calma en la aduana, pero lo de este año parece que se les ha ido de las manos. Intento tomármelo con paciencia observando el movimiento constante de los ceutíes a través de mi ventanilla: principalmente mujeres, con velo, hiyab o con su pelo al aire, van y vienen rodeándonos cargadas con bolsas. Es día de mercado en Ceuta. El mar, a nuestra izquierda, continúa agitado y una agradable brisa marina nos rodea. 

Después de esperar durante 3 horas mi paciencia comienza a mermar y el hambre a apremiar. Son casi las 17:00 (las 18:00 en España) y no hemos desayunado ni comido. Además, nos esperan por delante todavía 5 horas y media de viaje. Los conductores, impacientes, comienzan a hacer sonar los claxon de sus coches en señal de protesta. Pero nada quiebra la particular tranquilidad de los policías de la aduana. Avanzamos muy lentamente. Y aún esperamos otra hora más.

Lo normal es pensar que la lentitud se deba a la precaución y a la seguridad, que estén revisando los coches que entran en el país o incluso buscando a alguien (es normal ver carteles de búsqueda en las cabinas de la aduana) pero lo curioso es que no se sabe muy bien el motivo de las 4 horas de espera. Al llegar al fin a la aduana marroquí, revisan nuestros pasaportes y ni siquiera nos mandan abrir el maletero o abrir las puertas traseras del coche. Eso sí, todo con mucha calma y parsimonia. Y, si se produce el 'Adhan'* o llamada a la oración, los policías interrumpirán su trabajo para rezar. Así es Marruecos: aquí no existen las prisas ni los agobios. Aquí las cosas transcurren con mucha tranquilidad. 

Pasadas las 17:00 dejamos, por fin, atrás Ceuta y nos adentramos en Marruecos, dirección a Tánger. Rápidamente sus costumbres, su bullicio y su gente nos envuelven y nos sentimos ya muy lejos de España. 


*'Adhan' es la llamada a la oración que recita o canta el almuédano desde el minarete de la mezquita más próxima 5 veces al día. Cada llamada posee su propio nombre:
  1. Fajr (antes de la salida del sol)
  2. Zuhr (cénit)
  3. Asr (a media tarde. Antes de la puesta de sol)
  4. Maghrib (anochecer)
  5. Isha (de noche)
Tras la llamada, no todos, pero sí muchos fieles (dueños de tiendas, camareros, artesanos, obreros...) interrumpen sus quehaceres (incluso en las grandes ciudades) y, tendidos en el suelo en dirección a La Meca, rezan.